Bogotá: al mal tiempo, buena salsa

Bogotá: al mal tiempo, buena salsa

Por: María Angélica Plata L.

Quien no quiere a Bogotá
Es que nunca ha estado en ella.

Ondatrópica

Uno de mis libros más queridos es Palabra capital. Bogotá develada. Se publicó en 2007, año en el que Bogotá fue Capital Mundial del Libro, y reúne más de 70 textos de escritores que nombran su relación con la ciudad. Esa diversidad de voces me invita, de tanto en tanto, a regresar a sus páginas, y siempre despierta la pregunta de cómo cada habitante se relaciona con la ciudad en que vive.

Como les sucede a muchas personas, mi relación con Bogotá, donde nací, es de odios y amores: constantemente, hastíos y miedos conviven con sorpresas y alegrías.

Bogotá es una ciudad de múltiples ciudades, cada una con clima propio. Nevera y nevera averiada: a veces paramuna, con llovizna constante y sus majestuosos Cerros Orientales velados por nubes o neblina; a veces en colores vibrantes, con soles picantísimos que se padecen, especialmente en hora pico, cada vez que intentas desplazarte o atravesarla. Moderna y paupérrima, en cada localidad las realidades contrastan fuertemente, con cierta violencia. Y porque el bienestar cotidiano se diluye en el caos, la inseguridad y el agotamiento constantes, sostengo, con palabras de Piedad Bonnet, que a veces “no basta[n] sus cerros, su luz, sus recodos y sus árboles para quererla”.

Pero Bogotá, para mucha gente, es tierra y promesa de oportunidades, y les ofrece a sus residentes y visitantes numerosos espacios que democratizan su uso, como la Ciclovía, por ejemplo, y otros escenarios de creación, memoria y resistencia en los que brota, florece o se reinventan la vida y la cultura.

Bogotá, además, celebra la música durante todo el año a través de Festivales al Parque y muchas otras estrategias. Porque “la salsa es la reina”, como dijo la Guarachera de Cuba, hablaremos de este género que, en el mundo entero, ha cautivado a millones de personas, y que, en Colombia, ha consolidado a Cali como capital mundial de la salsa, y que en Bogotá ha contagiado a generaciones enteras y ha nutrido y diversificado la cultura.

A cambio pienso en ese territorio de nadie que es el

pedacito de noche atrapado por la rumba.

Andrés Caicedo

La música es tan generosa que no se requiere de un saber técnico para amarla. Lenguaje universal, que nos conecta. Máquina del tiempo, que despierta la nostalgia o la alegría.

En “Orquestación”, una de las categorías del Diccionario salsero, del colectivo Salsa Sin Miseria, se menciona que “la salsa es en realidad una comunión de sonoridades de distinta procedencia y cuya evolución en ocasiones es difícil de rastrear, por la misma destreza con que los músicos han tratado de imprimir su sello personal”.

Grosso modo, y que me perdonen los eruditos, con raíces en Cuba y Puerto Rico, lo que conocemos como salsa se consolidó en Nueva York y durante varias décadas, a través de numerosos géneros y estilos, se ha transformado y extendido por el mundo entero.

Al parecer, a Bogotá llegó en la década de 1970, época en la que se consolidaron los ritmos caribeños en el paisaje sonoro. En sus inicios, como sucede con las vanguardias o lo novedoso, escandalizó a muchas personas y se vivió en espacios clandestinos. En la década de 1980 la salsa se popularizó, y en la de 1990 surgieron las primeras compañías y se consolidó su enseñanza en salones de baile.

Actualmente, Bogotá cuenta con lugares icónicos para escuchar, pensar, conversar o bailar salsa: El Goce Pagano, Casa Quiebra Canto, Zókalo Bohemio, Galería Café Libro (con sus dos sedes), Salsa Camará, Sandunguera, El Sonsonett, Pachanga y Pochola, Bilongo, El Panteón de la Salsa y muchos otros.

También, con numerosas academias de baile, ubicadas en diferentes localidades, para la formación académica y para el baile social (sobre todo de salsa y bachata), que reúne a bailarines y bailadores.

Este año, en septiembre, Salsa al Parque celebrará su vigésima sexta edición.

ahora es cuando es

col. Se refiere al momento apropiado para llevar a cabo una acción decisiva que ha sido postergada. Dejarse atrapar por ese instante seductor. Salir a bailar salsita, por ejemplo.

¡Asoléate, que te conviene!

El Sol, la radio de la salsa

Mi educación sentimental fue el merengue y aprendí a bailarlo en minitecas, cumpleaños celebrados en salones comunales y en las fiestas de quince. Años después, de la mano de Celia Cruz, la Sonora Matancera, Benny Moré o Celina y Reutilio, de Willie Colón y Héctor Lavoe, me enamoré de la salsa.

Sabemos que, con un buen parche, en cualquier lugar, incluso 2600 metros más cerca de las estrellas, se arma la rumba, se forma la gozadera.

Curiosamente, muchos bailadores no escuchan salsa con regularidad: solo la gozan en la pista.

Y si eres salsera de corazón, si eres amante de la salsa, o quieres vivir la cultura salsera, te recomendamos varios libros y pódcast:

  • Diccionario salsero, del colectivo Salsa Sin Miseria.
  • Bogotálogo: Usos, desusos y abusos del español hablado en Bogotá, de Andrés Ospina.
  • ¡Qué viva la música!, de Andrés Caicedo.
  • Los rostros de la salsa, de Leonardo Padura.
  • El imperio de la salsa, de César Pagano.
  • Las Canciones Cuentan (Pódcast)
  • Tumba la Caña Jibarito (Pódcast)
  • 2600 Metros de Salsa (Pódcast)

De igual manera, en Spotify encontrarás la playlist del Diccionario Salsero, con más de 450 canciones, y en el canal de Salsa Sin Miseria en YouTube, unos tutoriales con pasos de baile (caleñito, dinos, punta-talón, punta de garza, patinetas, quintas, entre otros), para disfrutar y practicar.