El espíritu de los libros

El espíritu de los libros

Por: Pedro José Luis Pulido Díaz
Líder del área de formación de Fundalectura

Cuando converso sobre libros, leer o la literatura en muchas ocasiones suelo decir, a pesar de no ser un hombre muy religioso, que si Dios existe debe estar en los libros; no porque leer salve a nadie o evite que cometamos pecados, sino más bien porque entre lectura y lectura se va tejiendo una red casi infinita que nos va llevando entre historias, textos, pinturas y múltiples lenguajes.

Los expertos suelen llamarlo intertextualidad, porque a la larga todo texto está conectado con otro, pero en realidad el término no alcanza para comprender el diálogo profundo entre lo que pasa en el alma de un ser humano y lo que encontramos reflejado en los libros. Si bien esto puede parecer una profunda reflexión filosófica, en realidad está un poco más acá de eso, porque no solo pasa con los libros, la literatura o la poesía; también sucede cuando suena aquel vallenato que me recuerda la tusa, tal como la sentí en aquella ocasión. Supongo que es una de esas bellas posibilidades que ofrece el arte.

Es claro que esa relación es absolutamente personal, se trata de un diálogo entre nuestras vidas y lo artístico que es diferente para cada ser que lo experimenta. Hoy quiero, en un afán medio confesional, contarles un recorrido mínimo por esa red que va tejiendo la vida, la ficción y las letras de tal manera que, en ocasiones, cuesta un poco entender la diferencia entre ellas.

Hace poco conversaba con mi hija de 17 años acerca de su genuina preocupación por la felicidad de su novio, una reflexión que nos llevó a discutir sobre la verdadera posibilidad de encontrar ese añorado sentimiento. Tal vez parezca una discusión infructuosa para muchos, pero adquirió un eco inesperado cuando, unos días después, leí esta frase en el ensayo El malestar en la cultura de Sigmund Freud: “…Ni siquiera es factible, todas las instituciones del universo se oponen a él, se podría decir que la intención de que el ser humano sea ‘feliz’ no está contenida en el plan de la ‘creación’…”.

Esta improbable coincidencia reiteró mi profunda creencia que los libros no se leen cuando uno quiere, sino cuando pueden plantear una relación con la vida de cada lector. Por ejemplo, hace muchos años, una amiga a quien quiero mucho, me regaló de cumpleaños el libro Colegiala de Osamu Dazai, libro que durmió mucho tiempo en mi biblioteca; pero justo en el momento en que mi hija entró a la adolescencia, casi por azar lo tomé del estante y empecé a leerlo y al llegar al cuento que le da nombre a la antología, sentí por el tiempo que duró la lectura que leía el diario de mi hija y que tal vez por la mente de ella transitaban pensamientos similares a los del personaje.

Pese a estos casi metafísicos acontecimientos, les pido que no confundan mi intención, no es que los libros lleguen a las vidas a resolver o dar respuestas a situaciones, si así fueran las bibliotecas serían más visitadas que los consultorios psicológicos o esotéricos. Por lo general, los buenos libros nos proponen más preguntas, cuestionamientos tan certeros que complejizan una cotidianidad que, antes de ellos, solo eran anécdotas intrascendentes.

Hace algunas semanas, mientras esperaba conseguir el libro que quería leer me propuse a leer otro texto largamente aplazado: La fuerza de la no violencia de Judith Butler, un libro que, entre otras ideas, plantea que la no violencia tiene una fuerza inusitada y una agresividad necesaria para lograr cambios sociales. Tal vez las dimensiones de esta idea no hubieran calado tanto en mi mente si unos días después no hubiera leído el cuento La huelga general de Jack London, en el que se narra hasta dónde puede llegar la clase trabajadora para limitar los privilegios de unos pocos.

Desde luego, este evento no solo tiene que ver con el contacto entre los dos libros, pues unos días después se subió el salario mínimo un 23 % y unas semanas después el Consejo de Estado suspendió el decreto y nos puso a todos en Colombia a pensar sobre quiénes son la clase trabajadora.

Estas conexiones, en ocasiones, no son tan evidentes como la anterior; en ocasiones, se trata de una mirada tan personal que termina ahogando el alma en un mar de llanto. Hace dos años murió mi abuelo, el hombre que me enseñó a amar la poesía y a soñar con que en la literatura se pueden encontrar mundos mejores. Dos meses después de su muerte, en un taller de promoción de lectura, hicimos una selección de libros para hablar de la biblioteca escolar, entre esos libros me encontré con Tortuga de Ángela Cuartas, ilustrado por Dipacho y que habla sobre la memoria. En ese instante recordé las tortugas de la casa de mi abuelo y me permití vivir la tristeza del recuerdo que hasta ese momento no me había atrevido a enfrentar.

Las líneas anteriores, además de una oportunidad para contarles chismes de mi vida y mis lecturas, es también una invitación a tejer y a tejerse en esta red que nos regalan  los libros y nos permite darnos cuenta que nuestra vida también es digna de literatura.

Libros recomendados:

  • El malestar en la cultura de Sigmund Freud
  • Colegiala de Osamu Dazai
  • La fuerza de la no violencia de Judith Butler
  • La huelga general de Jack London
  • Tortuga de Ángela Cuartas y Dipacho