Por: Lina María Fernanda Ospina
Profesional del área de formación
Un murmullo, un leve canto, un arrullo que se encuentra con balbuceos, una voz que se entrega por primera vez al mundo de las historias. Los relatos nos enlazan con nuestras memorias de crianza: rondas, poemas, cuentos, rimas e incluso nuestras historias familiares tejidas por nuestros ancestros construyen un repertorio que nos acompañará toda la vida y que se transforma en eco para los seres que vendrán. Sin embargo, ¿Alguna vez hemos pensado en la difícil tarea de ser mamá? Creo que cada una de nosotras en el mundo se ha cuestionado sobre lo duro que puede serlo, pero al final queda la recompensa del amor.
Un amor que se refleja en los gestos corporales: aquellos brazos abiertos, pequeñas risas, caricias en la barbilla, como los de la liebre pequeña que intenta abarcar el mundo para decir “te quiero” en Adivina cuánto te quiero de Sam McBratney y Anita Jeram. Es desde esta corporalidad que construimos el primer vínculo entre madres e hijos, es como si el primer libro que leen los bebés fuera el rostro de su madre. Así el amor se vuelve comida, cobija, abrazo, presencia día a día.
En muchas ocasiones romantizamos la maternidad, la pintamos como algo perfecto, queremos demostrarle a todos lo especial e intenso que puede ser amar a un hijo. Amar sin medidas. Por ejemplo, antes de serlo, mi mamá me decía que el amor que sentía por mí nació desde adentro, desde lo más profundo de su ser y cuando algo me ocurría, ella lo sentía en las “entrañas de su ser”.
Sin embargo, no todo es color de rosa, cuando te encuentras con un niño como David, el personaje de David Shannon, descubres que ser mamá puede ser también un reto. Esto no significa que el amor disminuya, pero nos ayuda a darle un piso de realidad a la maternidad.
Ahora sé que es desde las entrañas, porque el amor y el dolor se han manifestado corporalmente en mí. Cuando leí por primera vez Tener un patito es útil/Tener un nene es útil, de la ilustradora argentina Isol, me hizo pensar muchas veces en ese amor, pero también en un amor espejo, porque la maternidad no solo es un cuidado hacia afuera, sino que también es un regreso a nosotras mismas. Lo que nosotras como madres damos, también lo transformamos en nuestras propias historias de vida.
La maternidad nos concede una versión inesperada de quienes somos, tal vez en muchas ocasiones somos irreconocibles ante nuestros propios ojos, ya no somos las mismas, maternar nos lleva a descubrir gestos que creíamos olvidados, preguntas que no sabíamos que teníamos, fragilidades que creíamos resueltas o nuevas versiones de nosotras mismas.
En el camino de la maternidad, he ido descubriendo que el amor viene acompañado de dolor, de angustia y miedo. Tenemos miedo constante de que algo les pase, de que les hagan daño, de que sufran, nos angustia que tengan que enfrentarse a la vida y todo lo que viene con ella, pero al final, este camino nos hace comprender que debemos acompañar sin adueñarnos, cuidar sin sofocar y amar sin anular. Sostener desde el cuidado, que con el tiempo se va volviendo mutuo.
La maternidad, como el libro de Isol, se lee en dos direcciones: lo que creemos que hacemos por nuestros hijos y lo que nuestros hijos, silenciosamente, hacen por nosotras. Porque muchas veces como madres sentimos que durante el día no hicimos nada. Miramos el pasar del tiempo y nos decimos a nosotras mismas: “no pude adelantar nada porque estuve todo el día con mi bebé”. Pero realmente no nos damos cuenta de que durante ese día nos brindamos cuidado, amor y bienestar, porque criar es un encuentro de dos mundos que se narran mutuamente.
Creemos que maternar es entregar, pero muchas veces ese pequeño patito que tenemos en nuestras vidas es quien nos sostiene, nos obliga a respirar más lento, a mirar distinto, a reinventar la forma de estar en el mundo, a tener más fuerza para vivir.
En el vaivén silencioso de la maternidad los hijos se convierten en un faro inesperado: son sus risas las que abrigan los desvelos, sus manos pequeñas las que sostienen las dudas, y sus miradas limpias las que recuerdan a la madre que, aun en el cansancio, está creando un mundo. Ellos, sin saberlo, le devuelven fuerza, le dan dirección y la enseñan a reencontrarse consigo misma; porque en cada gesto de amor que reciben, también están sosteniendo el corazón que los guía.
Descubrí en mi hija, María José, así como el nene con su patito, una compañera, una resistencia, un eco que me mostró una versión inédita de mí misma y así comprendí que cuando más creemos que cuidamos de nuestros hijos e hijas, ellos más lo hacen por nosotros.
Con amor para todas las mamás.
Para construir puentes que unan tu voz con la de tu bebé te recomendamos los siguientes libros:
- Adivina cuánto te quiero de Sam McBratney y Anita Jeram.
- Tener un patito es útil/Tener un nene es útil de Isol
- ¡No, David! – de David Shannon
