Por Diana C. Rey Quintero
Directora ejecutiva Fundalectura
El mar de San Andrés tiene un idioma propio, un oleaje que dicta las distancias. Quienes llegamos desde el centro del país somos, para los nativos, «continentales». Esa sola categoría nos sitúa de inmediato en la orilla de lo ajeno, en el lugar del que va de paso. Es una palabra que marca una frontera invisible pero nítida. Y es que el archipiélago, ese complejo insular que la postal oficial vende al resto del mundo como un edén estático de arena blanca y palmeras, es en realidad un territorio que libra una batalla diaria y silenciosa. Tras el azul de sus aguas hay una comunidad raizal que lucha palmo a palmo por resguardar su identidad, su lengua creole, sus tradiciones históricas y esa simbiosis casi mística con el mar, defendiéndose de un turismo masivo que tantas veces amenaza con desdibujarlos y convertirlos en decorado.
Llegué a la isla invitada por la maravillosa Irma Bermúdez, gerente del Centro Cultural del Banco de la República. El propósito del viaje era encontrarnos para reflexionar sobre la representación de nuestras infancias en la literatura infantil. Es una preocupación que no le pertenece solo a las islas; es una deuda histórica que cruza cada rincón de Colombia. En nuestro país, la presencia de las realidades locales en las publicaciones para niños es precaria. Seguimos ofreciendo libros “universales” y lejanos, historias que suceden en inviernos europeos o en ciudades que nada tienen que ver con nosotros, arrastrando a los niños a leer lejos de su cotidianidad, de sus rostros y de sus propios contextos. ¿Cómo van a narrarse a sí mismos si los espejos que les damos están empañados por realidades ajenas?
Tengo la fortuna de visitar San Andrés con cierta frecuencia. Y cada vez, me asalta la misma desconcertante paradoja. A pesar de la inmensa, rigurosa y admirable labor que realiza el Centro Cultural del Banco de la República, esa institución sigue siendo la única biblioteca disponible para atender a los más de 63.000 habitantes de la isla y al torrente de más de un millón de turistas que la visitan cada año. En todo el territorio no existe una sola librería. Es un dato que estremece: un lugar que produce tanta riqueza económica a través del turismo, pero donde el acceso al libro, simplemente no existe si no es a través del esfuerzo institucional.

Pero en Colombia la carencia suele ser el motor de la terquedad y la innovación, y en la isla la regla se cumple con creces. El tejido cultural de San Andrés no se ha ahogado gracias a la persistencia de espacios comunitarios y tradicionales que resisten el paso del tiempo y el olvido estatal. Hablo de la Casa de la Cultura, de la Casa Museo Isleña y del latido histórico que se respira arriba, en La Loma, donde la memoria se niega a desaparecer. Todos estos son espacios valiosos que buscan revitalizar, preservar y mantener viva la cultura raizal frente a las lógicas del consumo.
En ese ecosistema, donde la gestión es un acto de fe, habita una mujer que es una fuerza de la naturaleza: María Matilde Rodríguez. Poeta, abogada y activista por los derechos humanos, María Matilde lleva años sosteniendo sobre sus hombros gran parte del escenario cultural de las islas. Es la creadora y gestora de la Feria Insular del Libro de San Andrés, un evento que año tras año demuestra que en el Caribe hay una necesidad profunda de escucharse y leerse. Ahora mismo, con la tenacidad que la caracteriza, está construyendo «La Escalera». Se trata de un complejo cultural levantado en un edificio que logró recuperar del abandono. Su sueño es ambicioso y urgente: convertirlo en el epicentro de la movida cultural isleña, un lugar que albergará una biblioteca infantil, un taller de creación alrededor de las artes plásticas, un escenario para el teatro, las artes vivas y un auditorio. Espacios como este demuestran que, cuando el Estado no llega, la comunidad inventa sus propios caminos.
Sin embargo, la realidad de la isla ha empezado a cambiar de forma alarmante. San Andrés se piensa desde afuera, por puro prejuicio turístico, como un territorio idílico y pacífico. Pero en los últimos años las dinámicas más feroces del continente han empezado a trizar la tranquilidad del archipiélago. Fenómenos tan dolorosos como las fronteras invisibles, que ya hemos experimentado y sufrido en tantas otras esquinas de Colombia, están permeando los barrios populares de la isla.
Escuchar a María Matilde es asomarse a una herida abierta en la isla de sus amores. Nos habló, con una mezcla de dolor e indignación, de la muerte de más de diecisiete jóvenes en lo que va del año. Vidas truncadas a manos de otros jóvenes, muchachos de la misma edad atrapados en las redes y los engranajes delictivos ligados al narcotráfico. Son talentos que se pierden, promesas de músicos, de deportistas, de líderes que se apagan en las esquinas de los barrios que el turista nunca ve. La muerte de un joven en una comunidad insular pequeña no es solo una estadística; es una grieta que debilita a toda la sociedad, porque allí todos se conocen, todos son parientes o vecinos.
Frente a esta desolación que parece incontrolable, María Matilde no se cruza de brazos ni se conforma con el lamento. Ella opone la utopía de la palabra. Desde su fundación, Mama Roja Company, ha puesto en marcha un proyecto epistolar que resulta sobrecogedor. Ha logrado que jóvenes de bandos contrarios, separados por el odio y las líneas imaginarias de las fronteras invisibles, comiencen a escribirse cartas. Al principio lo hacen con desconfianza, pero a medida que las cartas van y vienen, el milagro de la empatía ocurre. Al leerse, descubren que son los mismos. Descubren que comparten exactamente los mismos miedos, las mismas carencias cotidianas, las mismas violencias familiares y las mismas ilusiones de futuro. Es un proyecto conmovedor que busca, mediante la palabra escrita, desarmar los corazones y cambiar estas realidades desoladoras. Mama Rojacree con una fe brutal en el poder pacificador de los libros.
Por eso, como si se tratara de un relato de realismo mágico que desafía la lógica del asfalto, el nuevo proyecto de María Matilde es una biblioteca itinerante. Pero en San Andrés una biblioteca rodante no puede ser un camión cualquiera; tiene que estar contagiada de la mística del territorio. Fiel a esa identidad, consiguió un barco de madera a medio construir, encallado sobre un remolque en medio de un barrio popular. Un barco en la arena, esperando el agua.
Hemos decidido sumarnos a su terquedad. Vamos a trabajar junto a ella para poner a andar ese barco por las calles de San Andrés. Queremos llenarlo de colecciones de libros cuidadosamente seleccionados para niños, jóvenes y adultos. Queremos que este barco de madera sea un espacio de todos y para todos, un refugio que navegue el pavimento y que lleve las historias directamente a los lugares donde el sol quema más fuerte y donde las oportunidades escasean. Al final, se trata de que los libros mantengan esa cadencia libre, pausada y profunda que solo el mar sabe ofrecer, recordándonos que la palabra, cuando es honesta, siempre encuentra la forma de salvarnos.
